domingo, 10 de enero de 2010

¡Cómo estás en mi garganta!



Ven. Quiero abrazarte.
Solo deja que pose
el lado interno de mis brazos
a cada lado de tus caderas.

Ven. Quiero olerte.
Percibir el aroma de tu suéter
que atrapa el sabor de tu piel.

Ven. Regálame tu bufanda.
Pásamela por el cuello
y si quieres hala.
¡Solo hala!
Por favor hala.
Ven. Déjame mirarte.
No vires el rostro ahora,
la vida me queda sin verte,
no es necesario que me mires.
No hablarte, quiero verte.
Ver lo que era mi felicidad,
mi corazón salta ante tus ojos,
destructiva sensación
de que solo tú existes.

Ven. Déjame abrazarte.
Deja que pose mi cabeza
entre tu cuello y tu hombro,
déjame cerrar los ojos y olerte,
y verte y no hablarte,
y dejar que el tiempo pase,
esperar que llegue la muerte
y que por suerte me lleve,
que tú no te vayas y yo no me quede.

Si quieres habla,
que mucho más me elevo.

Si quieres al final
deja entreabierta la boca,
como la puerta de tu casa que ya no visito
en donde ya no puedo entrar.
Y por favor hala
si me acerco a la puerta
y mis labios palidecen de sed de tu olor,
¡hala!, por favor si digo algo,
si digo abrazo, si digo aroma
o si digo te amo.
Hala la puerta y hala la bufanda,
¡hala!, por favor… hala.
¡Ah! cómo estás en mi garganta.

1 comentario:

  1. Las palabras son muertas al caer, y cuando muertas apagadas. ¿Cuantas veces nos convertimos en letras, en busca del exilio? ¿Cuantas veces somos verso en busca del olvido? Una, dos, tres, ¿cuantas veces?... Para terminar en estribillo del poema revivido.

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